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Desantis, El American

Frente a la pandemia, DeSantis ha ganado y señalado el camino

La gran prensa lo calificó de enemigo de la ciencia por oponerse a cierres draconianos, permitiendo que playas y negocios permanecieran abiertos

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Nos advertía Friedrich von Hayek en “Camino de Servidumbre” que de seguir por el camino socialista en Occidente no estaría lejano el día en que:

“Todo el aparato para difundir conocimientos: las escuelas y la prensa, la radio y el cine se usarán exclusivamente para propagar aquellas opiniones que, verdaderas o falsas, refuercen la creencia en la rectitud de las decisiones tomadas por la autoridad; se prohibirá toda la información que pueda engendrar dudas o vacilaciones”.

Su aguda comprensión del totalitarismo del derrotado nacionalsocialismo alemán le hacía ver que desde la democracia se puede llegar, casi inadvertidamente, al totalitarismo con amplio apoyo social, que incluiría el de grandes corporaciones privadas. Y esa revelación fue lo extraordinario –e intolerable para los socialistas de Occidente– de aquel gran libro.

Hoy vivimos en medio del pánico, no del todo injustificado, porque la pandemia es una realidad que estremeció a un mundo erróneamente confiado y mal preparado para enfrentarla. El virus que se ha extendido rápidamente desde Wuhan –ante todo por desinformación e irresponsabilidad del totalitarismo de Beijing, apoyado en la temprana complicidad de una Organización Mundial de la Salud (OMS) legitimadora de aquella desinformación en los críticos momentos iniciales– casi seguramente causará menos muertes que las políticas con las que se la enfrentó. 

Era fácil de predecir. Recordemos la crisis del Ébola en 2014 y ahí encontraremos el patrón de desinformación e irresponsabilidad en origen, una escasa capacidad y la peligrosa politización en multilaterales como la OMS. La negación y minimización en el grueso de políticos y gobiernos del mundo desarrollado, seguido de la contradictoria sobre-reacción desordenada y peligrosa, un poco después. En efecto,  no había motivos para esperar que ante una pandemia fuera diferente. Y no lo ha sido. 

Hoy nos dicen que confiemos en ciertos expertos designados a dedo por gobernantes, grandes burocracias transnacionales y grandes medios, los mismos que en un primer momento ridiculizaron y atacaron las primeras medidas –desafortunadamente tardías– como el cierre de vuelos provenientes de China. Hoy esos grandes medios censuran y cancelan a quien ose poner en duda la efectividad de confinamientos masivos prolongados o a quien se atreva a considerar sus consecuencias, no sólo económicas –que ya esas cuestan vidas, especialmente entre las poblaciones más vulnerables– sino sobre el resto de patologías. Y sobre la pandemia en sí misma.

Si algo debería alertarnos es que pretendan obligarnos a repetir ideas que se contradicen entre sí y que chocan con la realidad factual. Con alta tasa de contagios y muy baja de mortalidad lo que realmente ponía en peligro el virus era la limitadísima capacidad de respuesta de los sistemas de salud globalmente estatizados o sobre regulados –terreno fértil para la captura de rentas por grupos de intereses especiales–.

Los profesionales de la salud han luchado –e incluso muerto como héroes, no olvidemos que uno de los primeros fue Li Wenliang– pero los sistemas en los que trabajan han fallado, especialmente con los más débiles, en nombre de los que se justificó su estatización y/o sobreregulación. Y mientras más amplia, centralizada y multinacional la planificación, peor ha sido el resultado. En vacunaciones el Reino Unido –cuyo desastre profetizaban los grandes medios tras el Brexit– resultó mucho más rápido y eficaz que la Unión Europea que abandonó.

Los  rápidos y extremos recortes de libertades y el ataque certero a la prosperidad es algo que, temor mediante, las mayorías han consentido mansamente –y en no pocos casos eufóricamente– que es bueno recordar que ese y no otro era el tema de Hayek en Camino de Servidumbre. La única esperanza de la razón, la ciencia y la civilización de la libertad son los grandes disidentes. 

Los que no pueden anular estigmatizándolos como conspiranoicos negacionistas, porque están en posiciones de poder y lo ejercen contra el consenso de los aspirantes a tiranos. Como el gobernador republicano de Florida, Ron DeSantis, quien demostró que había una solución mejor que los draconianos cierres masivos, aplicados con encono en estados demócratas. Especialmente en los que prevalece la cultura de la cancelación Woke.

Así, pues, para la gran prensa de Estados Unidos –y el mundo– , DeSantis fue hasta hace poco un “loco” que ponía en peligro mortal a los habitantes de Florida. Lo calificaron de enemigo de la ciencia por oponerse a cierres draconianos, permitiendo que playas y negocios permanecieran abiertos y tras negarse, incluso, a imponer la obligación de la mascarilla en lugares públicos. 

Ante la feroz oposición de la gran prensa –y del sindicato de maestros– abrió los colegios antes que cualquier otro gobernador. Periodistas –citando a expertos científicos que decían únicamente lo que ellos querían citar –y a ningún otro–, profetizaron que Florida sería la Península de la Muerte en pocas semanas. Hoy, han pasado seis meses y el apocalipsis profetizado en sus titulares no llegó.  

Claro que hubo muchos ingresos hospitalarios y también muertes por el virus en Florida. Y obviamente DeSantis aplicó medidas restrictivas de contención, pero más breves, suaves y concentradas en poblaciones de riesgo. Los resultados sanitarios no fueron peores que en estados que habían impuesto restricciones extremas y el impacto económico resultó mínimo y las libertades de los habitantes de Florida fueron las menos alteradas. 

El prestigioso abogado en Orlando, John Morgan un antiguo donante demócrata, afirmó que De Santis: “Ha gestionado la pandemia mejor que ningún otro gobernador del país. En este momento, en el frente de la pandemia, DeSantis ha ganado”. Algo que ya es indiscutible.

Es hora de hacer cuentas y preguntarse si los cierres masivos y prolongados, junto a las máximas restricciones a las libertades, la censura y la desinformación de los grandes medios, eran la respuesta. O, hay que exigir responsabilidades por la desolación económica y el ataque injustificado a las libertades de los americanos, en nombre de una emergencia que los hechos –y la ciencia real, no la de la gran prensa– muestran que se podía enfrentar mejor por otros medios.

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